Teresa dejó su faena escudriñando la huerta.

-¡Abuelo! No se esté ahí, que da mucho la solina. Véngase acá.

Salió a su encuentro, todavía húmedas las manos, llameantes los ojos de
felicidad y un poco temblonas las macizas carnes en su gracioso andar.

-Cójase a mi brazo. ¡Asina! ¡Verá, bajo la parra, qué bien se está! ¡Hay una
frescura! ¡Ajajá! Así sentadico. Lo mismo que un rey.

Siguiéronla los ojillos del viejo, henchidos de gratitud, mientras ella
tornaba a hundir los torneados brazos en el agua retozona.

-¡Qué buena es! –susurró señor Miguel humedecidas las pupilas-. Y cuidao
que la mi defunta la tenía enquina. El no conocerse, ¡velay!
Porque es mesmamente un cacho de pan. ¡Pobre Blasa! Dios la haya perdonao.

A su recuerdo, sintió el señor Miguel como una comezón dolorosa, así como el
martillo del remordimiento. A su muerte creyó el pobre viejo morir. ¡Treinta
años juntos sin que una mala razón turbase la paz del hogar! Juntos, muy juntos
los cuerpos, y las dos almas una sola. ¡Creyó morir!

Pero el hijo le llevó a su vera… ¡Y qué bien se estaba allí! El cielo, con
esplendores primaverales. Los picos de la sierra, jugueteando con las luces del
sol. Ahora, azules, luego, rosados; más tarde, confundidos con los penachos de
la nieve.

La huerta, que era un paraíso, y luego… luego… Aquí, señor Miguel sentía
un nudo en la garganta: aquella mujer con los ojos siempre bailarines que,
mirándole, acariciaban. Y las manos tan suaves, que le vestían con el mimo de
un recién nacido. Y lo mejor de la mesa para él. Y aquel hijo, mirándose
siempre en sus ojos. Aquello era un Paraíso, tanto, que el recuerdo de su
muerta fue esfumándose en aquella neblina deliciosa, y vivía sin ella, ¡triste
realidad!, como si no la hubiera conocido.

Teresa iba y venía algo agitada. De pronto, metiendo los zafiros luminosos
de sus ojos en los apagados del viejo, le habló:

-¡Abuelo! Tengo una carcoma que no me deja hasta que lo cuente. Sabrá usted
que el huerto del Portillo va a dar mucha guerra.

Señor Miguel miró a su nuera enterrando sus ojillos en la carnosidad de los
párpados..

-Ese tuno de Melchor –siguió ella muy dulce tiene mucho mala
sangre. Los chopos, desmochaos. Los manzanos no se pueden mirar de
compasión que dan. Todos agostaos. Las tapias, cayéndose. El día que
usted lo vea, se lleva un sofoco.

Seguía mirándola el viejo, más abiertos los ojos y temblonas sus manos.
¡Aquella voz era música!

-Bien podía usted mandárnoslo. Se evita malas razones, y el huerto daría
gloria el verlo.

– Es lo único que me queda –atrevióse él.

– ¡Lo único! –musitó ella blandamente-. ¿Pues de quién es todo, sino de usté?¡Todo
de usté! Qué mas da que nos mande las tierras. Pa nosotros el
amo será usté mientras que viva. ¡No faltaba mas!

– ¡Tengo una ley a ese huerto, Teresa! Allí conocí a la defunta y
allí d’ambos nos quisimos.

– No sea tonto, abuelín. Que pal caso es lo mismo. El amo sólo usté.
¡Eso faltaba!…

La voz melodiosa tenía burbujos de emoción.

¡Primavera! Cantaba la huerta ávida de alegría y sol… Cantaban las mozas
en el río… Cantaba arando el hijo, y la voz de Teresa se desgranaba a coro
con el chapoteo de la ropa en el agua.

Señor Miguel no cantaba. Sus ojillos, casi cerrados, soñaban con buenos
tiempos que tan feliz le hicieron.

Para todos resucitó la primavera; para todos, menos para él.

¿Por qué?…¿En qué había delinquido?… Los ojos de Teresa miraban ahora
duros y cortantes. Sus manos,


tocando el pobre cuerpecillo, punzaban como
espinas, y las palabras tenían agrias tonalidades.

¡Ni la frescura de la parra! ¡Ni los colchones bien mullidos! ¡Todo se
acabó!… ¿Por qué?…¿Por qué?…

Hasta el hijo le miraba de soslayo, huyendo su mirada, medroso de hablar con
él.

Cuando a ella la encontraba, bajaba el viejo sus mortecinos ojos, como
avergonzado de mirarla, encogida el alma con el hielo de aquellos zafiros antes
tan bailarines.

¡Huía! Pero ella se hacía la encontradiza, y empujándole rudamente,
barbotaba:

-¡Jesús, qué hombre! Parece el miércoles. ¡Siempre en medio! ¡No sirve más
que de estorbo!.

Estorbaba. Pero ¿por qué, Dios mío por qué?.

Un día suplicó lloroso:

-¡Si me llevases al huerto del Portillo pa verlo por última vez!

Teresa jadeaba de tanto reír.

-¡Al huerto del Portillo! En eso estoy pensando. ¡No tengo otro que hacer!

Estorbaba… Le odiaba. ¿Por qué?…¿No les había dado su corazón, su
cuerpo, sus tierras todas, todas?…

¡Ay, sí, sí! Todas. Ahora comprendía. Ya no le quedaba más que darles…

Reaccionó, y sintiéndose heroico, tornó a levantarse. La diría humilde:

-Mira, Teresa: Yo no quiero que por mí te quemes la sangre. Ni que por mor
de mí

haya cuestiones. Sé que te hace daño el verme y me voy a un asilo… Así…
Así…

Cuando entraba, salía Teresa. Traía fieros los ojos y alborotados los
cabellos.

Rabiosamente, le dijo:

-¡Hala! Duérmala. ¡Algo tiene que hacer pa ganarse el pan!

Encontróse, en sus brazos desmayados, un rebujo de leche y oro. ¡Una nena
gordinflona y rubia, que aturdía con sus rabietas!…

-Corazón mío, te había olvidado –masculló el abuelo, tembloroso.

Ella, muy abiertos los traviesos ojos, lloraba y tiraba de las flácidas
mejillas.

Arrullóla tiernamente. Aquel tesoro valía un mundo. ¡Penas! ¡Desprecios!
¡Hambre! Todo por ella.

-Ea… Ea… Duerme, Amorcito de tu abuelo. El rum-rum tornábase cada vez
más tenue.

Miró dulcemente las estrellas, y, como en éxtasis, suplicó:

-¡Señor¡ ¡Señor! Verla crecidita y morir. –¡Ea!… ¡Ea! …¡Ea!…

Josefina Bolinaga. 1934.